(Ensayo
sobre las lógicas educativas que priman en la escuela. Realizado para el ramo
"reflexión de práctica educativa" en la UAH)
Una
clase de 39 chicos completamente silenciosos, es tema para película de terror.
Si nuestros muchachos permanecen inmóviles como estatuas, y zombificados con los ojos fijos en la
pizarra por más de 45 minutos, debiésemos a lo menos preocuparnos, por mucho el
discurso de la disciplina promueva el silencio y el orden. Cuando hablamos de
manejo de grupo, se tiende a pensar que un profesor debiese ser capaz de
mantener la atención de su clase sin interrupciones, por eso a nadie extraña
que cuando el profesor hace una pregunta, y los chicos hablan todos al mismo
tiempo para dar su opinión, la orden militar que resuena en la sala sea:
¡silencio! Así, sin más. Pero si se les pregunta algo, y no responden hay
quejas. Se acostumbra a dar órdenes cruzadas y contradictorias, se avala la ley
marcial dentro de las aulas y prima la incapacidad de explicar a los chicos por
qué se les pide una cosa u otra. Consecuencia de ello es que cada vez que el
profesor les quita la vista de encima a sus alumnos dos segundos, la clase se
transforma en algo muy similar a un concierto de rock repleto de fans eufóricos
que solo a punta de amenazas (anotaciones, suspensiones, etc.) es posible
devolver a la calma.
